Integración Cuerpo-Mente

Introducción al Focusing (IV)[1]

Un felt-sense sobre un asunto, problema o persona es por definición algo intensamente sentido pero conceptualmente vago… hasta que enfocamos sobre él. El felt-sense es como un escozor, algo ineludiblemente presente pero difuso en su localización.

Para trabajar con un felt-sense necesitamos poder enfocarlo, y para ello hay que aceptar que allí está y tomarse el tiempo para ver/escuchar qué tiene para aportar de NUEVO a la situación a la que se refiere.

El felt-sense es parte de la comprensión intuitiva que tenemos sobre el tema, para la cual aún no tenemos palabras. Enfocar sobre el felt-sense y lograr dar con el símbolo certero que lo explicita equivale a integrar a nuestra comprensión racional de un asunto su comprensión corporal.

Sin embargo, hemos sido enseñados/culturizados en ignorar estas señales sutiles que nos envía el cuerpo.

A la razón le incomoda la intuición porque esta es más-que-lógica y por tanto no fácilmente clasificable, etiquetable y ordenable dentro de las categorías y formas conocidas.

Por lo general, ante la presencia de un felt-sense estamos entrenados en reaccionar «racionalmente» de alguna de las siguientes maneras:

a) Minimizar el asunto

La mente trata de convencer al sistema que el problema no es tal, que el asunto es demasiado trivial para ocuparse de él, que «no pasó nada», que «estás sobrerreaccionando».

b) Analizar el asunto

Si el problema no es minimizable, la mente trata de disecarlo desde todos los ángulos posibles (ya conocidos por cierto). La mente puede analizar el tema jugada-a-jugada y desde varios puntos de vista. Quizás se llega a una conclusión o síntesis «cierta», «lógica», pero la sensación no cambia, sigue allí. El análisis es necesariamente parcial ya que elige ignorar lo «nuevo» que el felt-sense quiere aportar a la interpretación del asunto.

c) Ponerle el pecho al asunto

Cuando el análisis no calma la sensación de que «algo» está mal, «algo» no encaja, podemos adoptar la actitud de «no voy a dejar que esto me gane/me pueda/me tire abajo»; apretamos los dientes y seguimos adelante. Obviamente el felt-sense sigue allí, y seguirá hasta que ocurra algún cambio fundamental.

d) Sermonearze respecto al asunto

Generalmente intercalado con ponerle-el-pecho, esta es la vieja y querida actitud de «darse palo» por haber solucionado ya el problema, por seguir aqui con esto desde hace tanto. Todos tenemos un crítico-interno muy entrenado en esto a quien le encanta marcarnos este punto.

e) Anestesiar el asunto

Cuando ya no nos bancamos más al felt-sense, una opción muy común es tratar de evitar la incómoda experiencia de sentirlo. Para ello utilizamos estímulos sensoriales que compitan con el felt-sense y lo ahoguen, o que nos lleven a otros estados de conciencia. 

f) Ahogarse en la emoción del asunto

A veces nos convencemos que si «tocamos fondo» vamos a lograr que el felt-sense desaparezca. Para ello tratamos de expresar la emoción dominante del felt-sense desbocadamente: si es pena la lloramos a moco tendido, si es enojo golpeamos una almohada hasta agotar toda la rabia, si es miedo o dolor lo gritamos hasta quedar afónicos. Esto a veces ayuda a descargar la sobre-carga emocional, pero generalmente no brinda una real sensación de «closure» de que el asunto quedó cerrado, que algo real cambió en la situación.

Cualquiera de estos encares no funcionan para cambiar realmente un felt-sense, porque no tocan el lugar donde se origina la sensación: la inteligencia corporizada.

El felt-sense existe en el cuerpo por lo que el proceso de cambio no puede ser únicamente mental, debe incluir la dimensión corporal.

A su vez, el felt-sense es un significado-sentido en el cuerpo, por lo que necesita del aspecto mental para simbolizarse e integrarse. 


[1] Artículo basado en los primeros tres capítulos del libro Focusing de Eugene T. Gendlin, Ph.D.

Image credit: Photo by Tom Gainor on Unsplash