Volver a la casa de mi infancia.

Iniciaciones en la somática

Con Vicky nos mudamos a un lugar ideal para enseñar SomatoSofía, en el que incluimos los aparatos de pilates que ya son como mis manos para trabajar con y acompañar a los cuerpos de mis alumn@s.

En el límite donde se juntan Punta Carretas,  Pocitos y Parque Rodó, uno de esos espacios intersticiales en los que tan a gusto me siento, me encuentro con la sorpresa de estar a media cuadra de dónde comenzó hace más de veinte años mi historia con la somática: el estudio y la práctica del cuerpo vivenciado y entendido como base del ser.

A media cuadra de dónde comencé a tomar clases de eutonía, uno de esas decenas o cientos de métodos somáticos.

Yo era un jovencito de veintiún años, con una predisposición y sensibilidad interna ( eso que se mal llama naturaleza) muy diferente a lo que mi entorno de entonces esperaba de mí y quería que hiciera de mi vida. Y entre tantas presiones y búsquedas llegué a las clases de Teresa. Tenía un dolor lumbar insoportable para el que no encontraba solución en la medicina, y en una búsqueda interna más insaciable que mi necesidad de alivio. Teresa me dijo lo que hoy en día trato de comunicar a much@s de mis alumn@s, dígase: vas a encontrar alivio para tu dolor, pero va a llevar tiempo y trabajo, es antes que nada un proceso, como aprender a tocar un instrumento, o internalizar un idioma.
 A eso le sumaría mi postura altamente encorvada de la época que pensabaque  iba a ser para el resto de la vida.

Llegué a Teresa, una mujer ya mayor entonces ( tan sabia como severa) por mi búsqueda, llegué  porque en medio de mi práctica voraz de Yoga, tai chi, zen, meditación etc, estaba estudiando canto  en el museo de arte contemporáneo del MEC y ahí estaba dando clases  Teresa.  Algo en esas clases me fascinó, algo me cautivó por completo, y en medio del huracán  que representaba encontrar esa construcción llamada vocación, probando mil cosas, “…moviendo la cabeza como un loco de aquí para  allá..” como dice la canción de Paéz,  llegué a la eutonía de Teresa.

Por supuesto que no me daba cuenta de a dónde había llegado, la vida tenía que dar mucho más que lo que daba a un chiquilín de  clase media con inquietudes. Las expectativas eran altas, pero ahí estaba la vivencia vital de lo que me marcó por completo: la experiencia del cuerpo vivido. Yo volvía y volvía a esas clases como a un lugar maravilloso que no podía descifrar, ni siquiera darme cuenta de que estaba ahí, regalando con amor todos sus dones, porque las vivencias y la búsqueda era demasiado efervescente para darme cuenta de que ahí estaba pasando algo. Y sin embargo volvía.

La eutonía: Teresa era, fue y quizás será la única eutonista que pasó por Uruguay, ese país tan  alejado de las tendencias mundiales como del mundanal ruido, sobre todo en un mundo como el de 1998 en que internet no es lo que es a fines de 2019.

Yo volvía a esas clases porque me encontraba con algo que no podía, y en definitiva no se puede poner en palabras ( quizás poesía): la experiencia de viajar por mi cuerpo en una experiencia abierta a lo básico, a la respiración (esa línea directa a sentirse vivo,  aunque sea para  rendirse a la intensidad que conlleva) a la vivencia directa de mis huesos, del estar en un planeta con gravedad, realizando que simplemente soy porque puedo sentir que estoy siendo, llevado hacia abajo en todos mis poros y que de alguna manera tengo que navegar mis respuestas globales a eso. La sensibilidad pura, y sin embargo darme cuenta de que estoy vivo porque puedo entrar a un universo abierto que siendo mi cuerpo, no puedo medir ni alcanzar sino sólo ser y dejar ser. Dejarme mover en el espacio como si fuera sólido, como si fuera líquido, como si en última instancia no tengo forma de saber si Dios existe o no, pero algo está latiendo vivo en ese momento, y que  por más que después piense o crea  otra cosa, una experiencia se derrama,  y te sabés feliz, aunque la mates cuando le pongas encima la primera palabra.

Fui tres años con Teresa. En un momento, tuve que dejar entre otras razones para  resolver mi economía, trabajando en algo que no me gustab. Por suerte al año llegó Pilates  a Uruguay, gracias a Beatriz Sagarra ( mi madre) pude encontrar un medio de vida y una dirección para seguir explorando el misterio  del cuerpo vivido, eso que me da vida para levantarme e ir a explorar, trabajar y compartir.

Cuando hacía eutonía no me daba cuenta que la eutonía era una estrella más en una galaxia mayor, el de la somática: las prácticas y el estudio del cuerpo vivenciado, que con mi pareja (Vicky) seguimos cultivando. No me daba cuenta de que estaba entrando en un universo mayor que ya cuenta en “Occidente” con más de ciento cincuenta años.

No me terminé formando en eutonía, en estos más de veinte años exploré, estudié y me formé en forma sistemática en muchos métodos somáticos dentro, pero sobre todo fuera de Uruguay. Desarrollé con Vicky un sistema de exploración propio, la SomatoSofía, buscando siempre conocer  y expandir los límites y posibilidades de la relación Cuerpo Espíritu. Y realicé una licenciatura  y una maestría de investigación en antropología especializándome en antropología del cuerpo, de la religión y de la conciencia, para poder detectar, conocer, comprender, aprehender y explorar, otras visiones y formas de ser y estar en el cuerpo diferente a la “occidental”, dualista y científica.

Pero recuerdo a la eutonía como la casa de mi infancia, y cómo tal no quiero volver, porque no quiero tener la sensación de que es más chica de lo que recuerdo.

Pero ahora que nuestra exploración del misterio del cuerpo vivenciado tiene una nueva casa, que nos mudamos con Vicky para darle y abrirle a nuestra querida SomatoSofía toda  su  capacidad y desarrollo de potencial, lo primero que veo es que estoy a media cuadra donde todo empezó. Vaya uno a saber causalidad, casualidad, imposible para mí comprender eso, pero en el lugar donde se inicia uno de los ciclos de exploración y desarrollo más importantes de la SomatoSofía, y de mi vida, es dónde todo empezó.

– Eduardo


Image credit: Photo by Henri Picot on Unsplash

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